Respuesta a los doce sabios

Félix Fernández en La Voz de Asturias

Me gustaría opinar sobre la reciente «Declaración» que doce investigadores han emitido respecto al debate sobre el asturiano. Como profesor de Filología Hispánica en la Universidad de Oviedo, amigo y colega de muchos de ellos, he tenido la suerte de dar clases y a veces investigar un poco sobre algunas de las cuestiones a las que aluden, y quiero aclarar que sus afirmaciones son bastante discutibles, y que esa «neutralidad científica» desde la que pretenden asomarse a la discusión sobre el resto de los mortales no es tal, qué se le va a hacer. Ya sé que no voy a convencer a ningún asturianista, y que no van a repensar ni un ápice de su catecismo, pero quiero que la sociedad sepa que otros, que también estamos ahí, pensamos de forma diferente. 

Respecto al contenido, el problema no es lo que se afirma, sino lo que se deja de lado. Lleváis haciéndolo desde siempre: «omite una verdad mil veces, y todos se olvidarán de ella». Me ocuparé de los dos puntos más importantes.


Uno es lo que entendéis por lengua, nada menos. Veamos estas palabras (que recorto por compasión al lector): «El número de hablantes [...] tampoco determina por sí mismo el valor cognitivo de una lengua ni su potencial [...]. En cambio, la experiencia vivencial indisolublemente ligada a cada lengua sí resulta un ingrediente esencial en la construcción de la identidad personal [...]». En la práctica esto significa que las lenguas son, en primer lugar, cosmovisiones, construcciones de la identidad. Muy bonito, sí, pero olvidáis algo que también es muy, pero que muy básico en la lingüística: que las lenguas sirven para comunicarse. Esto sí que «da pudor» tener que recordarlo. Soslayar este pequeño detalle ya anuncia por dónde van los tiros. Significa, por ejemplo, que se puede tomar la palabra en un acto público, sabiendo plenamente que muchos asistentes vienen de toda España y otros países, y soltar un discurso en tronante asturiano, como alguno de vosotros hace siempre que puede. Emplear así una lengua no es comunicar nada con ella, es usarla con el valor simbólico que tenía el latín litúrgico hasta el Concilio Vaticano II.


Otra cuestión que os enfada mucho (científicamente, claro) es la manipulación que los ignorantes hacen de la diversidad interna del asturiano para oponerse a la versión normalizada por la ALLA: «El carácter unitario de la lengua románica asturiana está asegurado por un conjunto consistente de soluciones estructurales comunes [...]. La existencia de variaciones internas [...] es consustancial [...] a toda lengua, sin excepción.» Nada que objetar. Una redacción un poco pesada, pero yo podría suscribirlo de cualquier lengua real. Lo que pasa, de nuevo, es que aquí faltan un par de detalles importantes.


Primero, que en Asturias esta diversidad fue siempre cualitativamente distinta. Decía Menéndez Pidal (supongo que os valdrá, ¿no?): «[En Asturias...] la primitiva fermentación románica pudo desenvolverse en cada pequeña comarca sin transtornos uniformadores. Dentro del reino leonés, Asturias se destaca como la región de más rica y pura individualidad lingüística; su dialectalismo es mucho más complejo que el de cualquier otra región española, incluido el Alto Aragón» (El idioma español en sus primeros tiempos, 1968).

Pero, incluso sin esta circunstancia, cuando coexisten muchas variantes de un sistema, y vosotros lo sabéis, es inevitable lo que se llama «nivelación», que, muy resumidamente, podríamos definir así: lo más raro desaparece, lo más común se queda. Si coexisten hablantes que mantienen una distinción y otros que no, siempre se va la diferencia y prevalece la simplificación. Pero la ALLA no lo hizo de este modo. De todos los rasgos de todas las variantes del asturiano, escogió a propósito las que más lo diferenciasen del castellano, incluso aunque fueran minoritarias en Asturias. En oriente y occidente dicen las vacas y tú cantas, pero ¿cómo resistirse a la tentación de imponer les vaques y tú cantes? Y peor aún es lo de xente conocío. Esto solo sobrevive en el centro sur, pero claro, era una seña de identidad tan poderosa que había que incorporarla. Y luego, vete tú a enseñársela a los escolinos en Luarca.


Ese proceso de normalización, comprimido en 40 años, no solo es forzado, es que se hizo contra la dinámica natural que siguen las lenguas cuando evolucionan y se acomodan. Así que no os empeñéis en atribuir a «enredos falaces» [sic] el rechazo que suscita el asturiano normalizado. No os empeñéis en que lo azuzan las fuerzas «iliberales», porque a quienes más se les atraganta es a quienes les estáis machacando bien machacada la «identidad» y la «realización personal».


Y, al hilo de esto, no os hagáis cruces cuando un hispanohablante dice no entender el asturiano, sobre todo el normalizado. Se diseñó para eso, y ese era el orgullo de quienes lo crearon, demostrar que era tan distinto que no había capacidad de intercomprensión posible con el castellano. Si la hubiera, ¿qué justificación tendrían todas vuestras exigencias?


Respecto a la forma de vuestro texto, hay algunos detalles que no me encajan del todo. Por un lado el constante empleo del principio de autoridad: «como profesores... con experiencia acreditada...», «...la lingüística establece de modo indiscutible...», «Es incuestionable...», «Esto no es discutible...». Hombre, yo prefiero exponer argumentos a ver si convencen, en lugar de exigir de antemano que lo hagan.

Y junto a la falta de modalización en las afirmaciones propias, sobra el desprecio hacia las contrarias: «...es falaz sacralizar una posición...», «...cualquier firmante con ínfulas...», «...práctica fraudulenta...», «...se revela ridículo...», «...impostación que fantasea...», «...es insidioso asociar [...] e infame atribuir...». Por favor, si vais a escribir en este tono, no invoquéis como fuente de vuestra autoridad el ser investigadores universitarios, porque en el discurso académico hay unos mínimos que cumplir, y yo no los veo reflejados aquí.

Pero, sobre todo, habéis olvidado un principio básico de la retórica, y es que uno no empieza su discurso insultando a sus interlocutores, ni mal disimulando el desprecio que siente hacia ellos. Primero reñís a los medios: «Encuadrar correctamente la argumentación sin dar pábulo a falsedades y bulos, [...], parecen exigencias básicas en las que nuestros medios se juegan [...] su funcionalidad y prestigio.» Y luego recordáis al público general quién es el que sabe: «Nadie se hace experto en lingüística por hablar, igual que nadie es cardiólogo por tener corazón [...]. Lo es aquel que formula hipótesis coherentes sobre hechos lingüísticos...»¿En serio? ¿No podíais haberlo hecho mejor? Porque uno diría que con defensores así el asturiano no necesita enemigos.