El INE evidencia la propaganda del Gobierno

Editorial en El Mundo

Ni con los datos de un organismo estatal en la mano que acaba de contradecirle deja el Gobierno de lanzar su discurso marcado por el obsceno triunfalismo. Es más, paradójicamente, ayer se hizo eco de los datos correctores publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) sin que ello mermara ni un ápice la intensidad de su propaganda. Así, en su último informe el INE ha reducido drásticamente el dato de crecimiento de la economía española en el segundo trimestre del año: del 2,8% estimado inicialmente a un 1,1% constatado. Se ha producido una variación del ritmo de crecimiento de 1,7 puntos a la baja, y para el Ministerio de Economía tal enmienda no solo no supone un signo de preocupación sino que invita a leerlo como la confirmación de que coronamos la senda de la recuperación. Parece el redoble de alguna apuesta desesperada, en lugar de atender las conclusiones de un organismo que influye decisivamente en el devenir de nuestra economía. El sostenimiento de la hipocresía tras encajar una corrección tan gruesa no invita al optimismo.

Por el preocupante impacto de esta actitud sobre la economía real, el Gobierno debería aprestarse ya mismo a rectificar y a estrenar una mayor prudencia. La vicepresidenta Calviño lleva tiempo propalando una euforia impúdica por la cual a finales de este año -todavía estaremos sufriendo los que esperamos sean los últimos coletazos de la pandemia- regresaríamos a niveles económicos precovid. Eso, sencillamente, es mentira. Pero mientras desde el Gobierno se ha repetido esta consigna como un mantra, numerosas instituciones de prestigio, como el mismo Banco de España, hacían llamadas a la prudencia y marcaban objetivos más realistas, como apuntar a que esa recuperación podría llegar a mediados del año 2022. Solo cabe concluir que el Ejecutivo ha inflado a conciencia una suerte de burbuja retórica peligrosa, pues la gestión de las expectativas económicas no puede supeditarse a la estrategia electoral si no se quiere abonar un garrafal efecto bumerán. A falta de mayor rigor, se han exhibido solo las cifras que convenían al discurso oficialista y se ha vendido una imagen de gestión económica de un país que no encuentra correspondencia con lo percibido por los ciudadanos en el día a día. Sobre esa distorsión, empresas e inversores han modificado sus estrategias, han fiado su viabilidad y encarado proyectos para al final toparse con una realidad que no ha tenido nada que ver con lo anunciado.


El desfase de la predicción del INE -fundamentalmente por el frenazo del consumo, del sector servicios y de la actividad manufacturera- muestra que la recuperación no ha resultado tan vigorosa como se vendía. En una legislatura marcada por el descrédito de las instituciones a consecuencia de las injerencias partidistas, sería catastrófico seguir ahondando en nuevos desprestigios. Vivimos en un periodo de volatilidad extrema. El Gobierno debería empezar por reconocerlo, olvidarse de madrugar recuperaciones milagrosas y emprender las reformas que la economía necesita.