Bable, ideología política y coste de oportunidad

Artículo de Juan Luis Rodríguez Vigil en La Nueva España

Las consecuencias económicas y sociales de la oficialidad

Nada tengo contra el bable. Tampoco a favor. El bable no me ha interesado nunca gran cosa, pero eso no me ha llevado nunca a ser contrario al mismo, ni a quienes les gusta hablarlo y escribirlo. Siempre les he respetado, y en la medida que me ha tocado hacerlo, protegido, al menos presupuestariamente, justamente porque considero que la tolerancia es la virtud mas importante que nos han legado la Ilustración y las luchas contra el fanatismo (de todas clases), con las que me identifico.

 

El bable nada tiene que ver con la socialdemocracia, ni con la idea de progreso que son los caminos por los que he procurado transitar vitalmente. Es algo que se sitúa al margen de esas ideologías. El bable está en otro terreno. Sin duda habrá bablistas para todos los gustos e ideologías, pero ninguno puede aducir que lo es precisamente por ser socialdemócrata o cosa parecida. Creo que si gusta el bable o no, es cuestión mas bien de afición identitaria, y precisamente por ser socialdemócrata desde hace muchos años –y, por tanto, afecto al racionalismo y poco aficionado a los nacionalismos viejunos, y normalmente marcadamente reaccionarios–, nunca me han interesado excesivamente las cuestiones identitarias, que hoy tienen una, a mi juicio, excesiva manifestación en toda España. No siempre positiva.

 

Mi posición en relación con el bable se resume fácilmente, es la que se concreta en nuestro Estatuto de Autonomía: el que quiera que lo hable, y a los que no quieran hablarlo, ni estudiarlo, que los dejen en paz y que no le obliguen a nada que tenga relación con el bable y, desde luego, que no se les condicione o discrimine lo mas mínimo por no hablarlo, o no querer aprenderlo.

 

En definitiva, soy partidario de lo que hay actualmente, que expresa claramente un gran respeto y una clara protección al bable, pero respetando a la par. y con la misma contundencia, el derecho de quienes nada tienen, ni quieren tener que ver con esa formula lingüística.

 

En la actualidad quien quiere hablar bable, lo hace, y donde le da la gana. Existen amplios y numerosos programas en la televisión y en la radio en bable, y también se paga la inclusión de textos en bable en medios de comunicación escritos. Además, el Principado abona cuantiosas subvenciones para cualquier publicación en bable y hay muchísimas. En las escuelas y colegios e institutos y hasta la Universidad quien quiere estudiar bable, lo hace, y quien no, pues no. El capitulo presupuestario anualmente dedicado al bable es cuantioso. Seguramente sumando todos los conceptos (personal, televisión y radio comprendidos) andará por los treinta millones de euros, lo que me parece bien porque el Estatuto de Autonomía impone esa protección.

 

Pero la realidad es que yo, a mis 76 años nunca he necesitado del bable para comunicar nada con nadie en Asturias.

 

De hecho, nunca, jamás he participado en una conversación en el bable normalizado, sin perjuicio de la utilización habitual y familiar que hago de giros y palabras más o menos bables, pero siempre dentro del castellano. Y, salvo ahora en la televisión autonómica, tampoco he oído hablar el bable nunca. No digo que no se hable, sino que, en mis 76 años, recorriendo año tras año Asturias de cabo a rabo, y tratando con infinidad de gente, no he tenido ocasión ni de escucharlo, ni de hablarlo. No se si será casualidad o no, pero es así, y pienso que no es el mío el único caso.

 

O sea que, para mí, al igual que para otros muchísimos asturianos, el bable normalizado, el que se habla en la televisión, por poner un ejemplo, nada tiene que ver con un instrumento de comunicación operativo. Por el contrario, he podido comprobar sobradamente la vitalidad y el carácter de instrumento de comunicación de la llamada fala, o gallego asturiano, que hablan de forma natural y habitual, pública y familiarmente, muchos de los habitantes del occidente astur, a los que, por cierto, no sé que fórmula se les ofrece con la oficialidad, si lo que tienen ya, o el bable normalizado.

 

Para que lo que digo deje de ser una realidad bastante generalizada seguramente sería necesario realizar (y forzar) una inmersión lingüística obligatoria como las llevadas a cabo en Cataluña y País Vasco, con los efectos que son de sobra conocidos de tensión social y política manifiesta, y consecuencias culturales no excesivamente positivas, por decirlo de alguna manera.

 

La mímesis asturiana de las experiencia catalana y vasca no parece que tenga mucho sentido a la altura del siglo XXI. No sé si haberlo hecho hace cien o doscientos años habría tenido lógica alguna. Desde luego, ahora no. No creo que aporte nada en términos de ayuda o mejora de la comunicación, tampoco al progreso, ni a un proyecto colectivo progresista. Tampoco que ayude a salir de la postración en la que vive buena parte de la sociedad asturiana. Lo que sí es posible es que esta se dualice y que se generen serias tensiones sociales hasta ahora desconocidas.

 

Asturias es hoy una región lastrada por una severa crisis demográfica, seguramente la mas intensa de España, lo que ya es decir. Por otro lado, la economía asturiana no es precisamente boyante. Por mucho que se quiera difuminar la realidad lo cierto es existen nubarrones muy serios en el horizonte industrial, y es perceptible también un menor dinamismo económico y empresarial que en otras regiones.

 

Todo eso tiene una inmediata conclusión: la Hacienda Pública asturiana es muy débil, su capacidad fiscal es muy inelástica, su tesorería anda siempre escasa y cualquier aumento de la recaudación resulta problemático. Por otro lado, el recurso a la deuda es pan para hoy y hambre para mañana, porque tampoco es grande la capacidad regional de endeudamiento.

 

Y en ese marco resulta que el crecimiento del gasto público en algunos servicios básico deviene imparable.

 

En concreto, y entre otros muchos terrenos, en Educación, principalmente por la ampliación de la escuela de 0 a tres años; en Servicios Sociales, por el envejecimiento y deterioro de la población anciana y por la obligada contención de la pobreza; y sobre todo ha de producirse un aumento notable del gasto en Sanidad, donde cualquier observador mínimamente enterado sabe que después del Covid resulta manifiesta la necesidad de un serio incremento del gasto actual en atención primaria, salud mental y equipamientos hospitalarios. En definitiva, la sanidad asturiana está ya infrafinanciada y tiene un déficit que habrá que cubrir.

 

Por mucho que se diga que la oficialidad del bable no va a costar más dinero, eso es una entelequia. Las leyes se cumplen, y si no la gente va al juez y las hace cumplir. Las expectativas personales de empleo que favorece la oficialidad son enormes y muy costosas, y ese mayor gasto va a competir con los de Educación, Servicios Sociales y Sanidad, entre otros. Y teniendo en cuenta que la capacidad fiscal del Principado esta prácticamente agotada o casi, la pregunta obligada es ¿de donde habrá que quitar? Porque a mayores no va a haber.

 

¿Es este el tiempo de quitar de lo básico para crear lo accesorio?